Naufrago por tu cuerpo, mientras charlo con cada una de las olas que pasan por encima de mi cabeza. Quiero tocar con mis pies un fondo de espinas suaves, sentir la sal en mi garganta y escupir peces de colores. pero mis ojos están cansados; mi espalda dolorida y mis pies ya no responden. En mi cabeza surgen preguntas que no logro contestar y noto que mis lagrimas se han acabado.
El frío se apodera una vez más de mis latidos y poco a poco voy cayendo en un letargo de sonrisas perdidas, donde le rogué a mi mano izquierda que le dijera a la derecha que yo ya me había marchado del mundo y que podía dejar de hacer presión en esa herida profunda… la del disparo al alma. La muerte no da espera y yo no me puedo incorporar de nuevo a la escena.
Es inevitable que vea gotas dentro de mis ojos o que el invierno en medio de nubes y estrellas se sienta en la piel. Ahora, que los árboles de médula y huesos de corteza ya no danzan, no queda más sino hundirme entre aguas saladas, agrias, dulces y ácidas al pie del mar de los delirios.
Dulce venero volverte a encontrar después de conocer a la muerte.