lunes, 23 de abril de 2012

Cobardía, azar... Adiós.

Ella sentada en el marco de la ventana, él mirándola como si tratara decirle algo, algo que no podía describir con simples palabras, ella se levantó... fue hacia la puerta y con un beso frío se despidió. Él sintió la necesidad de atraparla entre sus brazos, de besarla y no dejarla ir, pero fue un cobarde, estaba lleno de miedos y de resentimientos que no le permitían amarla como era debido.

De nuevo estaba solo, ella se había ido y él había quedado con las ganas infinitas de retenerla en aquella habitación para decirle todo lo que no le había dicho en años. ¿Ya que más daba? su frustración y desespero eran únicos. Se sentía sumergido en su propia miseria. Se había ahogado en su propio veneno.

Ahora sin más, muerto en vida, vio como su alma iba agrietándose, como se caía al suelo cuando aun la tenía a ella en su cabeza, rondando como fantasma.  Si, esa fue la despedida de un cobarde. La despedida que él más que nadie merecía por no saber la diferencia entre aquí y allá. Por no encontrar a tiempo las palabras que necesitaba para permanecer junto al amor.


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