sábado, 28 de mayo de 2011

Mañana.

Y como en un sereno trance, cantaba su pena, estaba solo; podría decirse que con sus pensamientos le bastaba para sentir como el universo -pálido y vacío- giraba en torno al corazón de un mediocre comportamiento. 
Acercó el cigarro a sus labios, nada parecía agradable. De pronto, sonrió y en un tenue susurro descubrió lo que por mucho tiempo le había carcomido el alma. 
Entre el humo y la desgracia de saberse solo, recogió el poco licor que le quedaba encima del taburete, se puso de pie y en un abrir y cerrar de ojos el tiempo se había detenido. Todo estaba congelado. 
Las agujas de los relojes ahora parecían señalar su desgracia, sumido en el lacónico minuto en que su alma se redujo a la nada, sonrió y con la mano en el pecho empezó a llorar. 
Por fin había entendido que las mañanas sin ella no eran de su agrado, las tardes y noches eran más frías que nunca y el silencio que inundaba la habitación ahora era insoportable. Intentó de nuevo subir por las escaleras con la ausencia de su amor a cuestas, pero no lo logró. 
Así fue hasta el final.
Ahora el incumplimiento de sus promesas le revoloteaban como mariposas en la cabeza, haciéndole destruir su cota de maya y tirándola lejos para perderle de vista. Ya todo esfuerzo era en vano. Ella estaba muerta y él ya no tenía esperanzas. 

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